La ciudad a pedal – V. El tripulante

La bicicleta es saludable, económica y amable con el ambiente, pero la razón por la que monto es que me hace feliz.

V

Montar en bicicleta representa un riesgo, es cierto, pero estar vivo ya es un riesgo en sí: cualquier cosa puede pasar, un accidente de tránsito o una simple caída en el baño.

La bicicleta parece un vehículo vulnerable porque es liviana, delgada y pequeña, y porque quien va en ella no tiene más amortiguador que su propio cuerpo. Sin embargo, de prevenciones no puede vivir el ser humano; si así fuera, aún viviríamos en las cavernas mirando sombras del mundo exterior, sin permitirnos conocerlo ni explorarlo.

La práctica hace al maestro: se trata de perfeccionar la técnica y las condiciones para que cada viaje sea más fácil y placentero.

La bicicleta es más antigua que los automóviles, los helicópteros y los submarinos, y aun así en las calles de Medellín la gente se sorprende al ver a alguien montando. Se quedan mirando, a veces echan piropos o gritan palabras de ánimo.

Estoy segura de que muchos se quedan pensando en la que tienen guardada en casa. Mientras me ven pasar por el paradero, se preguntarán: si ella puede, ¿por qué yo no?

Todos podemos. Eso les dije a los amigos que convencí y que ahora también montan. El ciclista es actitud: si demuestras seguridad y confianza en tus decisiones, los demás lo notan. No se trata de ser agresivo, sino de hacerse ver y que los demás entiendan que tú también vas ahí, en esa danza en la que todos se mueven pero nadie se debe tocar.

El sedentarismo y la pereza siguen ganando: muchos prefieren oprimir el acelerador antes que enfrentar una pendiente que parece no tener fin.

Pedalear duele. Al principio sientes que los músculos se queman; es una sensación extrema que te lleva al límite. Pero si la soportas, el cuerpo se acostumbra a la exigencia y cada vez duele menos. Después, cuando no montas, las piernas te piden que las lleves al mismo punto y les exijas aún más.

El cuerpo es agradecido y eficiente, pero lo menospreciamos y desaprovechamos sus maravillas.

Una bici sin alguien que la monte es un objeto inanimado. Es el ser humano que va arriba quien la convierte en una herramienta valiosa, un corcel, una nave.

El motor está en el cuerpo, en la tenacidad, en las ganas de llegar. El ciclista es perseverante, y aunque a veces llore de frustración o cansancio, al final del día, cuando llega a casa, siente su cuerpo transpirar, su corazón latir y el calor que lleva adentro, porque está vivo, porque es energía.

No necesitamos petróleo para llegar a donde queramos: las piernas llevan la emoción enresortada.

Aunque la bicicleta es una opción saludable, económica y amable con el ambiente, la razón por la que monto es que me hace feliz: una buena canción, un rayo de sol que te acaricia la piel, el paisaje que quieras recorrer. Soy consciente de mi cuerpo y de mis capacidades.

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