La ciudad a pedal – II. Me bajé del bus
El ahorro es monumental: en vez de pagar cuatro o cinco pasajes en un mismo día, no pago nada.
Si bien montar en bici resulta apasionante, y podría decirse que adictivo, no es una actividad que todos estén dispuestos a hacer. Si algo me ha quedado claro desde que empecé, aunque suene a cliché, es que el que quiere puede, y el que no quiere simplemente saca una excusa.
Entre el querer y el poder hay una cuota alta de esfuerzo, más en una ciudad como Medellín, donde aún falta cultura, tanto de los demás actores de la vía como del propio ciclista. Falta conocimiento técnico, así como políticas y énfasis en educación sostenible.
Una cosa es cantar y otra es cantar afinado. De la misma forma, montarse en la bicicleta y avanzar sosteniendo el equilibrio es relativamente fácil; casi todos hemos dado al menos algunas pedaleadas en la vida. Otra cosa es hacer de la bici, más allá de un juguete recreativo, un medio de transporte.
El Valle de Aburrá es plano en la parte baja, junto al río, y presenta pendientes entre moderadas y fuertes hacia las laderas oriental y occidental. Vivo en medio de montañas: las partes planas están hacia el centro; del resto, o se sube o se baja.
Los ciclistas disfrutamos del "descuelgue", que es bajar las calles empinadas, y nos enfrentamos a subir esas mismas lomas. En el primero la herramienta maestra es el freno; en el segundo, la fuerza y la resistencia de las piernas aseguran el éxito.
Excusas para no montar en bici hay de todo tipo: las largas distancias, la comodidad, el estatus, la apariencia y el qué dirán. El imaginario colectivo tiende a dos ideas: que la ciudad es demasiado insegura para lanzarse de una forma tan vulnerable a la vía, y que la bicicleta es solo para quienes no pueden tener un vehículo motorizado. Aunque ambas estén en la cabeza de muchos, ninguna es del todo cierta.
En Medellín se hacen miles de viajes diarios en bici, aunque todavía son una pequeña parte del total. Yo empecé a montar principalmente porque estaba aburrida y cansada del transporte público.
El ahorro es monumental: en vez de pagar hasta cuatro o cinco pasajes en un mismo día, no pago nada. Pueden pasar semanas enteras en las que no gasto un solo peso en algo que debo hacer todos los días, como transportarme.
Los buses definitivamente no son mis vehículos favoritos: el pasajero está sometido a lo que otro quiera hacer con el viaje y su ritmo. Ir de afán con un conductor a tres kilómetros por hora es desesperante, y además toca escuchar la misma historia de vendedores y predicadores en cada recorrido.
La calle es pública y cada cual, con su comportamiento, cumple un rol y ocupa un lugar. Al principio creí que lo más difícil era compartir la vía con los grandes: camiones, buses y tanqueros, que intimidan y te hacen vibrar hasta la pintura mientras uno se imagina debajo de las llantas.
La realidad es que los peatones son los más imprudentes: salen de cualquier lugar, cruzan las calles como si fueran inmortales y caminan desprevenidos por las ciclorrutas sin importar que estén hechas para las bicicletas. Ahí aplico mi filosofía samurái: los esquivo mientras en mi mente imagino que desaparecen.